Así se vivió el primer avistamiento de delfines de la expedición  ‘Un río, cuatro países’

Las amarras que mantienen al Anaconda pegado al Muelle La Esmeralda, liberan al navío para que, por fin, empiece su recorrido por el río Putumayo. Mientras que la embarcación recorre los primeros metros de los 2.000 kilómetros del viaje que le esperan, la tripulación se divide en varios puntos: por un lado, están aquellos que desempacan en sus cuartos. Y por el otro, están los que se dirigen al planchón de hamacas para contemplar, con los ojos bien abiertos, el camino de agua y selva que les espera.

Una hora después de partir, luego de pasar el río Cuembí –que divide Ecuador de Colombia–, se avistan, a unos 20 metros del barco, nada menos que los primeros ejemplares de la especie que le da el sentido a esta expedición: ¡los primeros delfines! La sorpresa produce sonrisas y dedos índices apuntando hacia el agua cargada de sedimentos. Tres delfines grises, una de las especies que viven en la Amazonía, salen repentinamente a la superficie a tomar aire.

Esta bienvenida da el comienzo oficial de la faena de expedición: los especialistas en estos cetáceos reparten las tareas de monitoreo, así como los responsables de manejar brújulas, dispositivos GPS, planillas, y radios de intercomunicación. Todo, para marcar las coordenadas, el lugar y el número de individuos avistados. El río tiene partes hondas y otras más pandas, las lluvias solo llegarán hasta junio y el capitán de la nave debe maniobrar con pericia para no estancarse en los tramos secos.

El día termina con siete delfines registrados. La serenidad de la tarde se mezcla con el sonido de la selva cuando y el sol desaparece, es como un silencio profundo lleno de murmullos que vienen de todas partes. El barco para en el sector de Piñuña Negro, en Putumayo, a unos 70 kilómetros del partida para pasar la noche. Luego de comer, todos regresan a sus cuartos y hamacas y así finaliza el primer día de expedición.

Delfines de origami

Los motores del Anaconda se encienden a las 5:00 a.m. El sol apenas saluda, pero en el barco ya se siente el movimiento. Partimos de Piñuña Negro, en la frontera acuática entre Colombia y Ecuador. Para un observador desprevenido, no hay mayores diferencias entre las dos orillas: es la misma vegetación la que crece, pero en el mapa es claro que se trata de dos países distintos. En el trayecto se alcanzan a divisar casas ribereñas, canoas amarradas en muelles rústicos, ganado pastando, plantaciones de plátano, yuca y maíz.

Después de almorzar fríjoles con patacón, se escucha un grito desde la azotea de la embarcación: “¡Delfín a la vista!”. Nada menos que seis delfines rosados, Inia geoffrensis, se registran en las tablas de conteo de los científicos. Esta vez, aparecen cerca a remansos e islas que se forman en los ciclos de inundación en el extraordinario ecosistema del bioma Amazónico.

Un estupendo atardecer, con un sol rojo e imponente, dibuja en el cielo una pintura propia de estas latitudes, que conjuga a la perfección la majestuosidad de la selva, el color del río y la vida que trae. Todos los tripulantes se dedican a disfrutar del espectáculo.

Esta noche el ambiente es jovial y festivo. Hay clases de origami y todos quieren crear delfines de papel. Hay tiempo para risas, un buen té y el rito amistoso de contar historias y experiencias de vida; no en torno a una fogata, sino al agua de la Amazonia.

Con información de: www.enbuscadeldelfinderio.com

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