Cinco siglos después, al Orinoco le llegó la maldición de El Dorado. Hasta lo profundo de la Guaina, en una zona vedada para el Estado, se adentran cientos de indígenas y mineros de Ecuador, Brasil, Perú o Colombia, que buscan oro, con el agua al cuello, arriesgándose a que se los trague La Manigua o se los lleve el río. Escarban ese caudal efímero dentro del mayor tesoro de biodiversidad, en una selva que alberga, tal vez, uno de los últimos paraísos perdidos del planeta: la estrella fluvial del Inírida.