La expedición ‘Un río, cuatro países’ promueve la formación de jóvenes biólogos. Los nuevos profesionales se comprometen con la conservación de los delfines de río de Suramérica.

En la vida, como en la ciencia, el aprendizaje no se detiene. El entrenamiento y la capacitación a jóvenes son fundamentales a la hora de garantizar la continuidad a largo plazo de los procesos, más cuando están relacionados con la vida en el planeta y el cuidado de la naturaleza.

A bordo del Anaconda se encuentran biólogos de los cuatro países implicados en la expedición de monitoreo a los delfines de río: Colombia, Perú, Ecuador y Brasil. Como esponjas, los más jóvenes se levantan entusiasmados a vivir cada día como si fuera el más importante de sus vidas. La colombiana Kelly Valencia y la ecuatoriana Michelle Vela son dos de ellas. Ambas están haciendo sus primeros pinos en la profesión y, en este caso, a favor de la protección de estos cetáceos.

Buen provecho

A Michelle nunca se le olvida cuando vio por primera vez a un delfín. “Debía tener unos 12 años –comenta–. Fue en la Laguna Delfincocha en la Reserva Cuyabeno, ubicada en la provincia de Sucumbíos. Estaba como loca”. Después de eso, nadie la sacaba del agua. Aunque su experiencia había estado enfocada en herpetofauna –anfibios y reptiles–, tenía clavada la espina de los mamíferos acuáticos. Las nutrias y los manatíes, además de los delfines, son sus animales favoritos.

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Recorrer el río Putumayo, a través de cuatro países, a Michelle Vela le ha enseñado muchas cosas. Aunque el amazónico es un mismo ecosistema, la diversidad de micro- hábitats la tiene sorprendida.

En 2015, Michelle viajó con sus ahorros a Bogotá para asistir a un congreso de mastozoología –estudio de mamíferos–, en que se dictaba un curso de mamíferos acuáticos por parte de la Fundación Omacha. “Sabía que era una gran oportunidad para conocer y estrechar los lazos con las personas que se dedican a la investigación de los delfines de río en la región”, recuerda Michelle, de 25 años, egresada en biología de la Escuela Superior Politécnica del Litoral, de Quito.

Esta es su segunda expedición. La primera fue en 2016 en el departamento de Guaviare, Colombia. “Ahora estoy viviendo una gran experiencia, es un aprendizaje continuo”, cuenta con tono pausado desde su hamaca después de una intensa jornada de trabajo. “Vas teniendo más ‘tino’ y aprendiendo más sobre el método aplicado. Sumar expediciones te va aportando visión. Y compartir e interactuar con especialistas de tanto bagaje aporta mucho”, expresa la quiteña, para quien esta viaje ha sido un poco diferente al anterior, entre otras cosas, porque la vez pasada solo observaron la especie Inia (rosados). “Ahora también estamos viendo a los Sotalia (grises)”, dice con alegría.

Su objetivo en la expedición es continuar instruyéndose y también obtener toda la información posible. “Quiero capitalizar los resultados que se obtengan para poner en práctica un modelo de trabajo en Ecuador, en donde también tenemos delfines que debemos cuidar con nuestro corazón”, afirma. Para ella, aprender sobre las diferentes amenazas que enfrentan estos cetáceos es también muy valioso. Por ejemplo las que conllevan las hidroeléctricas y la domesticación, o la problemática de la pesca de mota con delfines como carnada.

Arauca rosa

Kelly Valencia nació en Quibdó, Chocó, y vive en Arauca, un departamento del nororiente colombiano que atesora una geografía notable: montañas solemnes, zonas de piedemonte, extensas llanuras. Justo allí, en la Orinoquía –la otra región en Suramérica además de la Amazonia con delfines de río– existen los delfines rosados, conocidos como toninas. Nadan en las aguas del río Arauca a la altura de Arauquita, Caño Limón y Balloneros, Isla Reinera y el puente internacional en la frontera con Venezuela.

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Los padres de Kelly Valencia, docentes de escuela básica, la guiaron en ese llamado vocacional de la solidaridad. Primero por los niños más desprotegidos, y luego, por la naturaleza, lo que la impulsó como un trampolín a estudiar biología. Foto: Pablo de Narváez

En su primera expedición, a Kelly la movilizó las ganas de trabajar y de seguir creciendo en su profesión. “Es una experiencia enriquecedora –sostiene–. Además, poder aprender la metodología y aplicarla en Arauca, que está muy cruda en esta materia, me llena de motivación”, confiesa esta bióloga de 30 años, graduada de la Universidad de Pamplona, en Norte de Santander. Su flechazo de amor con la naturaleza ocurrió en su infancia gracias a la riqueza ecológica de su tierra natal, el Pacífico Colombiano.

La mayor enseñanza que le está dejando esta travesía tiene que ver con la metodología de estimación, sus secretos y sus técnicas. “Son casi 12 horas de trabajo. Somos un equipo de observadores y ‘anotares’ en proa y en popa, quienes registramos los individuos que vamos viendo, el ángulo y el grado de acuerdo a su posición con respecto al barco y a la orilla, el tipo de hábitat, las coordenadas, y otras variables específicas. Son datos estratégicos que luego se procesan y se obtienen resultados claves sobre su estado”, relata Kelly, líder de la Fundación Neotropical Cuencas Arauca, con una sonrisa en la cara, como es su costumbre. “Absorber conocimiento y ver cómo se mueven en campo Fernando Trujillo, Enrique Crespo o Mariana Frías, por ejemplo, me despierta muchas ilusiones y me nutre de nuevas nociones”.

En Arauca no existen estudios recientes y actualizados sobre densidad de poblaciones de los delfines de río, que “en el departamento lo ecológico no tienen prioridad –asegura Kelly–. Quiero llamar la atención acerca del estado de estos animales, y ayudar a generar conciencia. Vivimos en una región con mucha biodiversidad, pero no la valoramos”, dice Kelly. En Arauca, el turismo en torno al delfín podría ser una opción importante para impulsar a la región y ser una opción económica para las comunidades, siempre y cuando se lleve a cabo con prácticas éticas y de manera sostenible.

“Además de recopilar información biológica sobre los delfines de río, estas expediciones nos permiten capacitar profesionales en la estrategia de estimación de abundancia –afirma Saulo Usma, Especialista del Programa de Agua Dulce de WWF Colombia–. Y a su vez, son ideales para crear una red suramericana de personas dotadas en este tipo de investigaciones, tan importantes y necesarias”. Por su parte, para Fernando Trujillo, líder de la expedición y director de la Fundación Omacha, “uno de los espíritus de este programa es formar gente nueva con la intención de aprender y aportar”.

‘Un río, cuatro países’, liderada por la Fundación Omacha, Corpoamazonia, Instituto Sinchi y WWF-Colombia, está haciendo ciencia en el río Putumayo, pues indaga sobre el estado de los delfines de río, depredador tope de la cadena trófica, que, por esa característica, refleja a la vez el estado del sistema acuático amazónico. Pero paralelamente, también está aportando en la formación de nuevos talentos, multiplicando saberes y consolidando en el tiempo el compromiso y la vocación común por la conservación, una tarea de enorme valor pensando en el futuro.

Con información de: www.enbuscadeldelfinderio.com

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